La historia de nuestra fe se remonta de forma directa, visible e ininterrumpida a las primeras comunidades de seguidores de Jesucristo en Jerusalén, quienes, tras recibir la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés y guiados por el mandato evangélico de ir y hacer discípulos a todas las naciones, extendieron el mensaje de la salvación por todo el mundo grecorromano bajo la autoridad doctrinal, el testimonio martirial y la imposición de manos de los Santos Apóstoles. En aquellos primeros siglos de intensa persecución y profundo florecimiento espiritual, la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica se estructuró orgánicamente en torno a los antiguos patriarcados que conformaban la Pentarquía original—Jerusalén, Antioquía, Roma, Alejandría y Constantinopla—así como en sedes episcopales locales que custodiaban el depósito de la fe en un plano de igualdad eclesial y comunión fraterna. La unidad doctrinal y sacramental de esta cristiandad indivisa se consolidó de manera definitiva en los Grandes Concilios Ecuménicos de la antigüedad, asambleas soberanas donde los obispos, como sucesores de los apóstoles, definieron la ortodoxia frente a las primeras desviaciones teológicas.

Entre estas magnas asambleas, el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, convocado en el año 325, desempeñó un papel fundamental e imperecedero al fijar de manera inalterable los fundamentos de la fe católica a través de la redacción del Símbolo Niceno, el cual reafirmó solemnemente la divinidad de Jesucristo como consustancial al Padre. Asimismo, Nicea no solo definió el dogma central de la Cristología, sino que codificó en sus cánones los principios de orden, justicia y disciplina eclesiástica que debían regir a las iglesias particulares de manera autónoma; este modelo conciliar establecía que las diversas provincias eclesiásticas debían gobernarse mediante un episcopado colegiado, donde el obispo de Roma gozaba de una primacía de honor e intercesión, pero sin que ello significara una jurisdicción absoluta, unilateral o inmediata sobre los demás territorios, los cuales compartían una misma fe, una misma liturgia y un mismo altar.

A lo largo de los siglos medievales y modernos, la Iglesia occidental experimentó un proceso de progresiva y drástica centralización jurídica y administrativa en torno a la Sede Romana, la cual comenzó a transformar la primacía histórica en un poder monárquico absolutista. No obstante, y a pesar de las presiones de la Curia Romana, diversas porciones de la cristiandad europea lucharon con firmeza secular por preservar los antiguos derechos consuetudinarios, la autonomía litúrgica legítima y las libertades administrativas heredadas directamente de la Iglesia Primitiva.

Este fue el caso paradigmático y providencial de la histórica Iglesia de Utrecht en los Países Bajos, cuya autonomía se fundamentaba en raíces canónicas medievales profundas, tales como los privilegios otorgados por el emperador Conrado III y, de manera crucial, la bula papal emitida por el Papa Eugenio III en el siglo XII, la cual ratificaba el derecho legítimo e independiente del cabildo de la catedral de Utrecht para elegir a sus propios obispos sin necesidad de una confirmación o imposición previa por parte de Roma. Esta antigua e ilustre Sede Metropolitana mantuvo con celo su derecho de autogobierno y su fidelidad a la fe de la Tradición, resistiendo durante siglos las intromisiones ultramontanas y las posteriores imposiciones dogmáticas del siglo XIX. Esta tensión histórica alcanzó su punto de ruptura definitivo con la celebración del Concilio Vaticano I en 1870, donde la proclamación de los nuevos e inaceptables dogmas de la infalibilidad papal y la jurisdicción universal ordinaria del obispo de Roma obligaron a la Sede de Utrecht, en perfecta continuidad con su herencia nicena y canónica, a declarar su formal resistencia e independencia eclesiástica, erigiéndose desde entonces en el baluarte y refugio de la catolicidad perenne, legítima y verdaderamente apostólica para el mundo contemporáneo.

Arnold Harris Mathew (1852–1919) ocupa un lugar de capital importancia en la historia de la cristiandad contemporánea, constituyendo el puente providencial, canónico e histórico que permitió la preservación y extensión del catolicismo romano antiguo y su valiosa Sucesión Apostólica en el Reino Unido. Nacido en Montpellier, Francia, en el seno de una familia de raíces británicas, sintió desde joven una profunda vocación sacerdotal que lo llevó a cursar estudios teológicos con distinción. Tras recibir las Sagradas Órdenes, desarrolló un activo ministerio caracterizado por su vasto conocimiento intelectual, su elocuencia y su celo por la pastoral de las almas.

A finales del siglo XIX y principios del XX, en un contexto de profundos debates teológicos en Europa sobre los nuevos dogmas proclamados por el Concilio Vaticano I, Monseñor Mathew, junto a un nutrido grupo de clérigos y fieles británicos, buscó salvaguardar la fe católica perenne y la autonomía de las iglesias locales frente a la centralización eclesiástica de Roma. El hito más trascendental en su vida ocurrió el 28 de abril de 1908, fecha en la que fue consagrado Obispo en la Catedral de Santa Gertrudis en Utrecht, Países Bajos, por Gerardus Gul, Arzobispo de Utrecht, asistido por los obispos de Deventer, Haarlem y la Iglesia Católica de Alemania. Esta consagración episcopal, realizada en estricta conformidad con el derecho canónico tradicional, le transmitió la plenitud del sacerdocio a través de una línea de Sucesión Apostólica indiscutible y válida, cuyo origen histórico se remonta de forma ininterrumpida al Cardenal Scipione Rebiba en 1541.

Tras su consagración, regresó a Gran Bretaña como el primer Arzobispo de la Antigua Iglesia Católica de Gran Bretaña e Irlanda. En 1910, mediante la histórica Declaración de Autonomía, consolidó la identidad jurídica y litúrgica de su jurisdicción, reafirmando el compromiso de mantener intacto el depósito de la fe, la validez inalterable de los siete sacramentos y la liturgia tradicional en lengua vernácula. A pesar de las incomprensiones de su época, la firmeza teológica del Arzobispo Mathew permitió que el linaje veterocatólico y romano antiguo se extendiera de manera legítima fuera de la Europa continental, sembrando la semilla de la cual brotan hoy diversas jurisdicciones eclesiales en todo el mundo. 

Esta Sede Primada entronca directamente con dicho movimiento histórico del Catolicismo Romano Antiguo de Europa Occidental, preservando la validez sacramental de la histórica Sede de Utrecht y aquella reforma tradicional del siglo XX encargada de salvaguardar los santos órdenes. Este caudal espiritual se había consolidado firmemente gracias a la labor previa del Arzobispo Gerardus Gul, Arzobispo de Utrecht en los Países Bajos, quien se erigió como la figura clave en la preservación de la sucesión continental fuera de las fronteras holandesas y quien, como se ha señalado, transmitió el episcopado a Monseñor Mathew para restaurar formalmente el nombre de Old Roman Catholic Church frente a las reformas modernistas continentales que comenzaban a gestarse.

La continuidad de este linaje en el mundo anglófono se afianzó con fuerza cuando Monseñor Mathew consagró solemnemente como obispo a Monseñor Rudolph de Landas Berghes el 29 de junio de 1913 en la ciudad de Londres. Al trasladarse a los Estados Unidos de América en 1914, Monseñor de Landas Berghes estableció formalmente este legado sacramental en tierras americanas, transmitiendo el testigo de este mandato episcopal el 4 de octubre de 1916 al consagrar a Monseñor Carmel Henry Carfora. Monseñor Carfora asumió el liderazgo de esta misión en octubre de 1919, expandiendo masivamente el legado de Utrecht en el continente americano y asegurando la transmisión legítima de su línea el 30 de julio de 1942 al consagrar a Monseñor Hubert Augustus Rogers Senior.

Monseñor Rogers Senior desarrolló un activo gobierno pastoral en Nueva York hasta que, el 20 de mayo de 1972, transmitió el orden episcopal a Monseñor James Hubert Rogers, quien custodió y mantuvo con un profundo celo la integridad de la herencia litúrgica tradicional hasta su fallecimiento en enero de 1991. El caudal de estas sagradas órdenes fue continuado sucesivamente por Monseñor Hubert Augustus Rogers Junior, asegurando la estabilidad institucional del linaje, el cual continuó desarrollándose bajo la guía de los monseñores Edward J. Ford, Edmund F. Leeman y Peter Paul Brennan. En este periodo de confluencia y unificación de linajes tradicionales, el Arzobispo Peter Paul Brennan transmitió de manera formal esta valiosa Sucesión Apostólica en el año 2004 hacia la jerarquía internacional de la iglesia.

Esta apertura y expansión global permitió que el linaje llegara al continente africano a través de Monseñor George Otieno Odhiambo en Nairobi, Kenia, Obispo Primado. Bajo las prerrogativas y mandatos misioneros de la comunión internacional de alta iglesia Augustana Catholic Communion, Monseñor Odhiambo asumió formalmente la custodia de esta línea histórica, convirtiéndose en el administrador legítimo de la Sucesión en África Oriental. Sería en esa misma sede donde el linaje se entrelazaría nuevamente con la misión contemporánea cuando el Arzobispo Ronald Saunders, recibió la plenitud de este linaje tradicional mediante la imposición de manos el 21 de noviembre de 2015 en Nairobi, de manos del propio Monseñor George Otieno Odhiambo en colegialidad con catorce obispos coparticipantes de la Iglesia universal.

Finalmente, este caudal histórico y sacramental regresa a la capital británica para guiar la labor actual de la Iglesia Católica Romana Antigua (ICRA), la cual honra la memoria de sus predecesores en la figura de su Arzobispo Primado actual, Monseñor Mario Santos. Habiendo sido consagrado solemnemente en la Iglesia de St. Ethelburga en Londres el 6 de abril de 2024, Monseñor Mario Santos recibe la Sucesión Apostólica legítima de la Sede de Utrecht y el patrimonio de Arnold Mathew por transmisión directa de Monseñor Ronald Saunders, manteniendo encendida hoy la misma antorcha de fe, reverencia en el altar y fidelidad apostólica universal.